Con tan solo seis años, Alba Núñez comenzó a practicar triatlón. Lo hizo porque su padre decidió que probara aquel deporte y, por entonces, no había medallas que perseguir ni grandes sueños que cumplir. Solo quería llegar a meta sonriendo, escuchar los aplausos y, si podía, esperar a sus amigas para cruzar juntas la línea de llegada.
Hoy, Alba es campeona de Castilla y León absoluta, campeona y subcampeona de España júnior, campeona de España élite de Triatlón Cross y campeona de Europa júnior de duatlón y triatlón cross. También ha vestido por primera vez los colores de la selección española y tiene ya una plaza para disputar su primer Mundial.
Detrás de todas esas medallas está una joven que entrena cerca de 21 horas semanales, mientras lo compagina con sus estudios. Una chica que ha tenido que aprender a controlar sus nervios y a confiar en sí misma. Porque, al final, lo que la sigue llevando a entrenar cada día es lo mismo que cuando tenía seis años: disfrutar de aquello que le hace feliz. Ahora, con el Mundial en el horizonte, aquella niña que esperaba a sus amigas antes de cruzar la meta sigue corriendo con ella.
Mucho más que kilómetros
Con los años, el triatlón dejó de ser un juego para convertirse en una parte de su vida.
Llegaron los entrenamientos, las competiciones y la curiosidad por descubrir hasta dónde podía llegar. «Me engancha la curiosidad de hasta dónde puede llegar mi cuerpo, de hasta dónde soy capaz de seguir», explica.
De las tres disciplinas, la bicicleta es su favorita, su forma favorita de desconexión La natación, es la que más le cuesta, aunque compartir esos entrenamientos con un buen grupo hace que todo le resulte más llevadero.
El año del cambio
2026 está siendo el año más importante de su carrera deportiva. Ha conquistado títulos nacionales y europeos, ha competido por primera vez con la selección española y tiene ya una plaza para disputar su primer Mundial. Pero las medallas no cuentan realmente su historia.
El comienzo de la temporada fue complicado. Tanto que Alba llegó a pensar en abandonar. Fue entonces cuando tuvo que hacerse una pregunta que cambió su manera de entender el deporte: para quién estaba haciendo todo aquello.
«Me di cuenta de que no hago triatlón para que los demás estén orgullosos de mí, sino para estarlo yo», cuenta.
A partir de ahí empezó a mirar las cosas de otra manera. La opinión de los demás dejó de ser algo capaz de hundirla y pasó a convertirse, cuando era necesario, en una oportunidad para mejorar. Y con ese cambio llegó también uno de los momentos que llevaba años soñando.
El Campeonato de Europa de Duatlón de Banyoles ocupa un lugar especial en la memoria de Alba. No solo por el título, sino por todo lo que sintió durante una carrera que disfrutó «de principio a fin». Pero, cuando piensa en aquel día, no recuerda primero el tiempo ni la clasificación. Recuerda un abrazo.
Al cruzar la meta buscó a su padre para decirle las palabras que llevaba tanto tiempo soñando: «Papi, soy campeona de Europa». Él la abrazó y respondió: «Lo has conseguido». Porque, al final, ninguna medalla ni ningún título valen más que el abrazo de quien ha estado ahí, apoyándote desde el principio.
Aprender de sus referentes
Este año Alba ha competido junto a deportistas a las que durante años miraba desde abajo. Ahora comparte con ellas la línea de salida. Su padre siempre le ha dicho que tiene que «ser una esponja», observar, aprender y quedarse con todo lo que pueda de las deportistas que llevan más tiempo en el alto nivel.
Una de sus grandes referentes desde pequeña fue Esther Gómez, compañera de su antiguo club. Recuerda quedarse «embobada» viéndola nadar y preguntándose si algún día llegaría a su nivel. Hoy tiene la suerte de seguir compartiendo algún entrenamiento con ella. Y quizá ahí esté una de las partes más bonitas de su historia. Alba ya no solo quiere alcanzar a quienes admiraba. También quiere convertirse algún día en aquello que Esther fue para ella, un referente para las niñas que están empezando.
El precio de un sueño
La vida de Alba no termina cuando acaba el entrenamiento. Hay días en los que llega a casa alrededor de las diez y media de la noche después de entrenar durante tres horas. Entonces cena y estudia. Al día siguiente hay otro entrenamiento y, quizá, un examen.
Son alrededor de 21 horas semanales de deporte. Este año, además, ha tenido que compaginarlo con segundo de Bachillerato. Lo ha hecho mientras preparaba su acceso a Farmacia, la carrera que quiere estudiar. Ha habido fines de semana sin salir, viajes de fin de curso a los que ha tenido que renunciar y muchos momentos en los que la disciplina ha pesado más que las ganas.
«Lo más complicado, sin duda, es llegar a casa reventada después de un día duro de entrenamiento pensando solo en ir a dormir y tener que estudiar porque al día siguiente hay un examen importante», reconoce. Pero Alba también sabe que no todo puede ser entrenar y estudiar. Cuando tiene un hueco, lo que busca es algo mucho más sencillo, comer y estar con sus amigas. «La mayoría de veces que quedamos buscamos sitios diferentes para comer o merendar, disfruto mucho de la comida y no solo como verduras, pollo o arroz», cuenta entre risas.
Entender su cuerpo
Durante mucho tiempo, competir significaba también enfrentarse a sus propios nervios. Antes de algunas pruebas llegaba a tener ganas de vomitar. Con el tiempo ha aprendido a conocer su cuerpo y, sobre todo, a entender que los nervios no son necesariamente el enemigo
Antes de una carrera cierra los ojos durante uno o dos minutos y repasa mentalmente el circuito, los puntos clave y la estrategia. También escucha música. «Unstoppable», de Sia, es una de sus canciones favoritas previas a la salida. Antes tenía incluso pequeños rituales: desayunar siempre lo mismo, ponerse determinados calcetines o repetir las trenzas hasta que quedaran perfectas Ahora intenta tomárselo de otra manera. Quizá porque también ha aprendido que no todo se puede controlar.
Donde empezó a soñar
En abril recibió el Premio a Mejor Deportista Promesa de Arroyo de la Encomienda. Para Alba ha sido mucho más que un reconocimiento deportivo. Arroyo es el lugar donde empezó todo.
Allí dio sus primeras vueltas a una cancha de fútbol y nadó en una pequeña piscina en la que, más de algún día, reconoce entre risas, fingía nadar mal para que la cambiaran a la calle más lenta. Por eso recibir aquel premio tuvo un significado especial. «Arroyo de la Encomienda me ha visto crecer no solo como deportista, sino como persona», explica.
Los colores de un sueño
Hay momentos en los que un sueño deja de serlo para convertirse en realidad. Para Alba, ese momento llegó con una convocatoria que le permitió ponerse por primera vez los colores de España. «Para la Albi de seis añitos que empezó en este deporte era impensable que fuera a representar a mi país en un Campeonato de Europa», reconoce. Ahora sabe lo que significa competir con los colores de España y representar a todo un país.
Despacito y buena letra
Alba tiene todavía un año por delante como júnior antes de dar el salto a la categoría sub-23. Aunque ya ha competido entre las absolutas, sabe que todavía queda mucho camino. No tiene prisa. «Esto es una carrera de fondo en la que aún quedan muchas cosas que mejorar. Por eso prefiero ir despacito, pero con buena letra».
Su siguiente objetivo es el Mundial de Pontevedra. Será su primera participación en una cita mundialista y llega con ganas de competir, pero también de aprender. Más adelante aparecen sueños todavía mayores: las Series Mundiales, quizá algún día unos Juegos Olímpicos y, también, la larga distancia.
Son sueños grandes para aquella niña que empezó dando vueltas a una cancha de fútbol. Pero Alba ya ha aprendido algo muy importante, sus límites los pone ella misma.
«No te rindas»
Quizá la pregunta más difícil sea imaginar qué le diría hoy a aquella niña de seis años que empezó a practicar triatlón.
Alba no le prometería un camino sencillo. Le diría que llegarán momentos malos. Que tendrá que tomar decisiones complicadas. Que habrá obstáculos y días en los que querrá dejarlo. Pero también le diría que confíe en sí misma y que nunca se arrepienta de lo que ha hecho. Porque también llegarán los momentos inolvidables.
Llegará una selección española. Llegará un Europeo. Llegarán títulos de España. Llegará un Mundial. Y llegará aquel abrazo en Banyoles. «Papi, soy campeona de Europa». Quizá, después de todo, la Alba de seis años no necesitaba saber hasta dónde iba a llegar. Solo necesitaba seguir corriendo. Y aquella niña que esperaba a sus amigas antes de cruzar la meta todavía corre con ella.
