Apenas unos centímetros bastan para contar una historia. Para Alex Pierrot, también para construir todo un mundo. En sus manos, una figura de Warhammer deja de ser una pieza gris de plástico para convertirse en una escena: un personaje iluminado, una batalla a punto de comenzar, una criatura que parece cobrar vida. Detrás de cada miniatura hay horas de trabajo, pruebas, cambios y una idea que puede transformarse mientras el pincel avanza.
Pequeños inicios
Arroyano de origen y residente actualmente en Mallorca, Pierrot comenzó a acercarse a este universo cuando tenía 13 años. Corría 2008 y sus padres le regalaron la caja de iniciación de El Paso de la Calavera en la tienda Games Workshop de la plaza Portugalete, en Valladolid. Aquella primera etapa duró unos dos años y después dejó el hobby aparcado durante un tiempo. Sin embargo, la afición había quedado ahí, esperando.
Con 26 años volvió a coger los pinceles. Y esta vez lo hizo para quedarse. Desde entonces, asegura, prácticamente no ha dejado de pintar a diario. Ahora, con 31 años, aquella afición de adolescente se ha convertido en una actividad que afronta con una exigencia cercana a la profesional y que incluso contempla convertir en su profesión en el futuro.
Su primera miniatura fue un troll de los goblins que venía en aquella caja de iniciación. La recuerda perfectamente. «No tenía ni idea de técnicas ni de teoría del color», explica.
Mucho más que pintar
La diferencia entre aquel primer troll y las piezas que realiza ahora es enorme. Hoy, antes de comenzar una miniatura, piensa en la iluminación, los volúmenes, las texturas, los colores o incluso en qué elemento quiere que observe primero quien la contempla.
Ahí está, precisamente, una de las claves de su forma de entender este hobby. Para Pierrot, pintar Warhammer no consiste únicamente en conseguir que una miniatura esté bien pintada. Su objetivo es contar una historia.
«Lo que más me enganchó fue poder capturar una escena en un momento concreto y dejar que tu imaginación pinte todo lo demás», explica. Para conseguirlo, el proceso puede prolongarse durante decenas de horas. Una pieza destinada a exposición o concurso puede superar incluso las cien. Y pintar es solo una parte del trabajo. Antes hay que preparar y montar la miniatura, pensar la composición, diseñar la peana y probar diferentes posibilidades.
De Arroyo a Japón
El salto más inesperado llegó durante un viaje a Japón con su pareja, al que acudió con la intención de pedirle matrimonio. Como suele hacer cuando viaja, Pierrot aprovechó para visitar una tienda de miniaturas.
Allí mostró sus trabajos a uno de los responsables de la tienda, que se enamoró de ellos en cuanto los vio.
Posteriormente, la empresa le planteó documentar el proceso para una de sus revistas especializadas, «Puedes estar pintando tranquilamente en Arroyo, subir una foto a internet y que termine viéndola alguien en Japón, Estados Unidos o prácticamente cualquier parte del mundo», explica.Ahora, desde Mallorca, continúa construyendo esos pequeños mundos. Mundos que, aunque apenas ocupen unos centímetros, pueden acabar viajando mucho más lejos de lo que Alex imaginó.
