El pasado 30 de junio no fue un día cualquiera en el CEIP Raimundo de Blas. Después de más de tres décadas dedicadas a la enseñanza, Carmen Rodríguez cerró por última vez la puerta de su aula. Lo hizo con la emoción de quien deja atrás una profesión que nunca entendió como un trabajo, sino como una forma de vida.
Hogar dulce hogar
Aunque su trayectoria comenzó mucho antes y pasó por distintos destinos de la provincia, fue en Arroyo de la Encomienda donde encontró el lugar al que siempre quiso volver. Primero llegó durante dos cursos como maestra de Educación Infantil. Más tarde, tras su paso por Íscar y Tordesillas, regresó definitivamente al Raimundo de Blas hace dieciocho años. Sumando ambas etapas, son ya dos décadas formando parte de la historia del centro.
Aquí ha visto crecer promociones enteras de alumnos. Muchos de aquellos niños que aprendieron con ella sus primeras letras son hoy universitarios, trabajadores o incluso padres y madres. Sin embargo, siguen saludándola cuando la encuentran por Arroyo y recuerdan con cariño sus primeros años de colegio.
Mucho más que un colegio
Cuando Carmen habla del Raimundo de Blas no habla únicamente de un centro educativo. Habla de su casa.
Fue aquí donde vivió algunos de los momentos más importantes de su carrera, pero también algunos de los más difíciles a nivel personal.
Durante su primera etapa en el colegio tuvo que compaginar el trabajo con la enfermedad de su padre. Recuerda aquellos años con enorme emoción porque, además del cariño de sus alumnos, encontró el apoyo de sus compañeros. Por eso, cuando años después tuvo la oportunidad de regresar al Raimundo de Blas, sintió que volvía al lugar donde realmente pertenecía.
«He aprendido mucho de ellos. Les debo una vida feliz,porque ellos me la han dado a mi»
Formas de enseñar
Si algo ha caracterizado a Carmen durante estos años ha sido su forma de entender la Educación Infantil.
Nunca creyó en una enseñanza basada únicamente en fichas o libros de texto. Su aula siempre estuvo llena de canciones, disfraces, cuentos, juegos y experiencias. Aprender tenía que ser algo emocionante.
Antes de comenzar cualquier aprendizaje dedicaba semanas enteras a conocer a sus alumnos. «Cada niño llega con una mochila distinta», explica. Esa manera de entender la educación la resumía con una comparación muy especial. Para ella, cada alumno era un ‘pastelito’. Primero había que conocer sus ingredientes, después amasarlos con paciencia y cariño y, finalmente, dar a cada uno el tiempo que necesitaba para crecer.
Despedida especial
Lo que más le cuesta asumir de la jubilación es dejar de compartir cada mañana con ‘sus niños’. Así los sigue llamando. «Entraba en clase y cualquier problema desaparecía», asegura. Sin embargo, tiene claro que seguirá muy unida al colegio. Vive en Arroyo de la Encomienda y no descarta regresar para volver a impartir las sesiones de yoga que tanto disfrutaban sus alumnos. También ha querido acordarse de quienes siempre estuvieron a su lado fuera del colegio, sus padres, hijos y familia siempre han sido un apoyo incondicional en todo momento.
Porque si algo tiene claro Carmen Rodríguez es que una maestra nunca deja de serlo. Solo cambia el lugar desde el que sigue enseñando.
La Abuela Letrilla, un personaje que nunca se olvidará
Pocas figuras han dejado tanta huella entre los alumnos del CEIP Raimundo de Blas como la Abuela Letrilla. Inspirada en el recuerdo de su propia abuela, Carmen creó este personaje para enseñar a leer de una manera diferente.
Con un delantal lleno de letras, unas enormes gafas con forma de corazón y una maleta cargada de historias, la Abuela Letrilla convertía cada clase en una aventura donde aprender era sinónimo de jugar.
Durante años fue uno de los momentos más esperados por los niños. Sin embargo, Carmen llegó a pensar que el personaje ya había cumplido su misión y decidió dejar de interpretarlo. La sorpresa llegó tiempo después. En la graduación de sexto de Primaria de aquellos alumnos que habían conocido a la Abuela Letrilla en Infantil, prácticamente todos la recordaron en sus discursos.
Habían pasado seis años, pero seguía ocupando un lugar muy especial en su memoria. Aquellas palabras emocionaron profundamente a Carmen. Comprendió que aquel personaje había dejado una huella mucho mayor de la que imaginaba y decidió recuperarlo para las siguientes promociones. Porque, en realidad, la Abuela Letrilla nunca desapareció. Simplemente estaba esperando el momento de regresar.
